Un loco es aquel que lo ha perdido todo, menos la razón
G. K. Chesterton
Todo el mundo me exaspera. Pero me gusta reír. Y no puedo reír solo.
E.M. Cioran
Odio la realidad, pero es el único sitio donde se puede comer un buen filete
Woody Allen
Roedor nocturno
Las mañanas de los lunes son, invariablemente, escenarios deplorables. Vivo en Ciudad de México, así que no hace falta explicar demasiado. Están el tráfico, los optimistas patológicos y los padres de familia con la mirada derrotada. Además de un consistente insomnio crónico. Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte, como escribió Pizarnik. No le faltaba razón. Yo también soy un roedor nocturno: una rata obscena que sólo encuentra un poco de serenidad mientras todos duermen.
La noche anterior me encontraba escribiendo un texto como este. Bebí suficiente café para sostener unas horas más la madrugada. Acudí a la cama a las dos. Dormir cuatro horas me pareció una decisión prudente en ese momento. Que lo soportaría. Pero no: el cuerpo, señores míos, se arruina. Y no lo hace con sutileza, ni con señales amables. Lo hace de golpe. Sin previo aviso. Un lunes cualquiera de marzo.
Electrodos
Desperté con un modesto dolor de cabeza. Nada nuevo. Pero, con el paso de los minutos, comenzaron a imponerse imágenes ajenas, reminiscencias de algo que nunca ocurrió. Recuerdos inventados, como los llamaría Vila-Matas. O, en palabras de Perec, memoria ficcional.
Logré conducir hasta la oficina. Las funciones mecánicas seguían operando con normalidad: manejar, caminar, saludar. Pero había olvidado procesos elementales del trabajo de oficina: fórmulas de Excel, procedimientos básicos del sistema operativo, y los pasos necesarios para cerrar una órden de compra. Una maldita bendición.
No era un olvido absoluto, los recuerdos estaban ahí, pero en ruinas, y no lograba el enfoque suficiente para reconstruirlos. En su lugar, mi mente ofrecía imágenes inconexas, frases sueltas, asociaciones inútiles que no llevaban a ningún sitio.
El día terminó en una clínica, con una mujer de manos frías colocándome electrodos en el pecho, auscultando mi corazón. Así debería ser siempre: solo a las mujeres de manos frías debería permitírseles revisar el corazón de los hombres extraviados en la demencia.
El diagnóstico: deshidratación. Necesitaba tomar más agua. Eso era todo. Un total despropósito.
Los días siguientes intenté, en un gesto ridículo, recordar todo aquello que en esos momentos había olvidado. De hecho, estas líneas forman parte de dicho ejercicio. A veces me quedaba en silencio por minutos, y escribía una frase. Niebla me preguntaba si me pasaba algo. Citando a Perec, le respondía: intento acordarme, me obligo a acordarme. Trataba de formar mi propio catálogo de Me acuerdo, como lo recomendaba el autor en el mismo título.
Tenías razón, Fiódor.
La memoria, como ha escrito Andrés Neuman, se sostiene en las omisiones. Recordar, entonces, es también deformar. Escribir desde la memoria no deja de ser una forma sutil —y a veces brutal— de locura. Esa obcecada necesidad de retener lo que, por naturaleza, se desbarata. El paranoico siempre da en el clavo, sin importar dónde golpee el martillo, anota Koolhaas. Y tampoco olvidemos la sentencia tan precisa de J.V. Collins: todas las grandes cosas que conocemos las hemos recibido de los neuróticos.
Digamos que me he recuperado. Pero nunca se puede estar seguro de nada. Y el cuerpo persiste en su trayecto de reducción. En febrero cumplí años y mi organismo, diligente en su deterioro, se apura en recordármelo. Ya lo advertía Dostoievski —otro eminente neurótico—: cumplir cuarenta años es ingresar en la más profunda senectud. Y añade, en Apuntes del subsuelo:
¡Vivir más de cuarenta años es indecoroso, vulgar e inmoral! ¿Quién vive más allá de los cuarenta? Respóndanme sinceramente, con franqueza. Se lo diré: los imbéciles y los sinvergüenzas.
Tenías razón, Fiódor.
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